¿Por qué ya no cesás, talapo pensador,
de elevar tu voz al
ruego?
anhelás el devenir
con aún más verdor,
asimilás ingenuidad,
que es natural en tu furor.
Pues ya no sirve de
nada
ascender preces y
mirar sin fondo;
¿Para qué? Todo siempre se prescinde;
quizá no pararás de
derramar “imploras”.
Siempre esta consuelo
en yacerse con
esperanza.
Que a nadie le
desampara la ilusión,
pero a todos siempre
engaña
Pero seguí cantando,
mi preciado momoto.
que el tiempo se agota
y el deseo huye de sí
mismo.
Tus cantos han
satisfecho
mi sosiego alterado, ¡gracias!
Y tu imagen queda
atrapada en lo más
profundo de mis locas cosas.
©
No hay comentarios:
Publicar un comentario