A
rienda indómita siempre anda:
el
del anhelo trastornado; del rumbo emocionante.
El
que se place de lo que no existe;
el
que simplemente anda, porque en su mente persiste,
un
mundo único y fascinante.
¿Qué
ve él, que no vean los demás?
Él
ve la esperanza que tapa el humo.
¿Qué
no siente, que no expresa,
a
que virtud se compromete?
Él
lo siente todo y lo expresa,
pero
nadie lo comprende.
¿Por
qué surgió diferente
el
hombre de los pelos torcidos y del andar vacilante?
En
su panorama existe fantasía.
Tras
su melena, sus harapos y su tufo,
se
envuelve un pretérito, quizá diferente;
un
atrás prensado en su memoria
que
le hace llover sus mejillas.
Surgió
esta forma
de
muchas otras entrelazadas.
Es
una alegoría marchante,
designio
de Alguien inconforme de sus primerizos.
Es
hijo del tormento y del llano.
Un
resplandor, apagado a ojos de ajenos.
Un
dichoso en la desgracia.
Parece
intermitente y drogado.
Feliz
de sí mismo;
a
quien le debe es al destino,
por haberlo vuelto un bohemio.
Nadie
lo entiende, y a él no le importa;
se
ve seguido inmerso en la utopía.
Descalzo,
porque sus pies instan tierra.
No
tiene nada, pero es libre.
Vive
no sabiendo cuando morirá.
Se
siente él mismo, mejor que otros,
menos
malo de seguro.
A
veces es misántropo,
y,
en el aire, van piedras rodando;
de
vez en cuando, teñida cae alguna.
Se
levanta de su aposento
y
la multitud muere atropellada.
¡Pero
si solo quiere amistar!
Él
es un filósofo callejero,
un
cínico.
Quiere
pensar, saber, por eso es así:
un
despreocupado.
Es
un hijo del mundo y del nahual.
Un
paseante del arcén.
Rondante
siempre en vaivén,
él
es el hijo de la locura.©
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