miércoles, 25 de mayo de 2016

Eloco

A rienda indómita siempre anda:
el del anhelo trastornado; del rumbo emocionante.
El que se place de lo que no existe;
el que simplemente anda, porque en su mente persiste,
un mundo único y fascinante.

¿Qué ve él, que no vean los demás?
Él ve la esperanza que tapa el humo.
¿Qué no siente, que no expresa,
a que virtud se compromete?
Él lo siente todo y lo expresa,
pero nadie lo comprende.

¿Por qué surgió diferente
el hombre de los pelos torcidos y del andar vacilante?

En su panorama existe fantasía.
Tras su melena, sus harapos y su tufo,
se envuelve un pretérito, quizá diferente;
un atrás prensado en su memoria
que le hace llover sus mejillas.

Surgió esta forma
de muchas otras entrelazadas.
Es una alegoría marchante,
designio de Alguien inconforme de sus primerizos.

Es hijo del tormento y del llano.
Un resplandor, apagado a ojos de ajenos.
Un dichoso en la desgracia.

Parece intermitente y drogado.
Feliz de sí mismo;
a quien le debe es al destino,
 por haberlo vuelto un bohemio.

Nadie lo entiende, y a él no le importa;
se ve seguido inmerso en la utopía.
Descalzo, porque sus pies instan tierra.
No tiene nada, pero es libre.
Vive no sabiendo cuando morirá.

Se siente él mismo, mejor que otros,
menos malo de seguro.
A veces es misántropo,
y, en el aire, van piedras rodando;
de vez en cuando, teñida cae alguna.
Se levanta de su aposento
y la multitud muere atropellada.
¡Pero si solo quiere amistar!
Él es un filósofo callejero,
un cínico.
Quiere pensar, saber, por eso es así:
un despreocupado.

Es un hijo del mundo y del nahual.
Un paseante del arcén.
Rondante siempre en vaivén,
él es el hijo de la locura.

© 

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