Ya
me marcho, espejo de mis ansias.
Te
digo adiós, quebrada vacía,
de
troncos tripulantes, de serpientes aventureras,
que
se deslizan por doquier:
tragando
tierra, tragando vida.
Aquí
conocí al amigo, al amigo del millón,
del
aro y del recuerdo.
Al
cual no le di bocado, ni trago;
al
cual no le di nada,
porque
carecía;
en
cambio él me lo dio todo con un gesto:
remando
al río “vientoso”
con su cándida cola.
También
aquí, conocí al blanco niño;
que
me enseño la chorrera del arisco lempa.
Vi
a la niña del casi rubio andar, que me dijo:
¿son
ellos escueleros?
Y
al otro, el muy moreno,
que
no parecía muy su tío.
“Pobrecitos
los garrobos”, profirió al oído.
Hoy
si me marcho río seco, río húmedo;
dejando
aquí una porcioncita de mi vida;
llevando
conmigo no más que los recuerdos,
y
quizá unas plantas
y
una serpiente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario