martes, 25 de octubre de 2016

Mar… muchacha

Tengo que esperar que la lluvia renazca;
renazca en memorias de tu aroma,
de tus labios, tus sentires y tu forma;
la forma de verte aquí y allá,
en mi histriónico añoro de aquí adentro,
que me ahoga en sentimientos al no hallarte
y me devora con los mismos al encontrarte.

Mar, se la das al viento tu hermosura.
Tu cándido movimiento,
a los cristales de mi alma y sentimientos;
tu primoroso encanto, al tímpano de mis pasiones;
y el canto, a mis agonías de no deletrearte.

Lo va todo al mismo lado, muchacha
de mis incoherentes decisiones,
de mi decisión de esperarte,
de refugiarme en el destello,
y no caer en suscitantes abismos al no descifrarte.

Lo va todo en amarte… muchacha.


© 

martes, 18 de octubre de 2016

Te regalo una flor


Te regalo una flor,
para que su color
agobie tus pestañas.

¡Qué incertidumbre se me forma
cada vez que te veo!

Te regalo otra flor,
o talvez la misma.

Tu ligero paso me disloca las pupilas
y tu silueta difusa,
ante mis ojos empañados,
me evoca  somnolientos paisajes.

Te regalo una flor
para…
quererte y soñarte.

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Un avecillo reidor


Y aquel avecillo reidor
baila sus cantantes alas
en el límpido aliento de la brisa,
en aquel incólume corredor
de los encantos.

Vení, avecillo reidor;
necesito me enseñés algo:
a sentir y saber mejor,
a tocar las nubes con mi querella.

El cielo es de papel, porque
en los atardeceres arde,
como arden las almas
de los cuerpos en la tierra
del salvador de sus espíritus.

El avecillo reidor nunca estará triste.
Se mantendrá cantando las alas
y bailando su voz;
y cuando muera…
quedará como guía del intrincado camino
que infaliblemente seguiremos en algún momento.

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Dolencia, no es vida sin tu esencia

En repudios agotados
se percha un clarinero
mientras danzorea sus álidas pieles.

Fuerza, clarín desolado,
que el estigma nos rajará eternamente.

Bah, estigma.

Bah, dolor de pieles y sucesos.

Nunca resplandeceremos
después de habernos agotado.

Y nos agotamos en llantos
de dramaturgas,
así como en sollozos de animales.

El lamento lame las sucias vanidades;
las manosea ahuyentándolas.

El lamento roe el canto
a las clavijas encordadas.

El mugre lamento esta límpido,
pero no a nuestras aguas,
pero no a nuestra simpatía;
aunque nos es íntimo
e indescriptible,
como las interrogantes y las atracciones.

¿Por qué, qué seríamos
sin una pizca de dolencia?
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Los incomprendidos muertos


Ay, amor,
ahora me siento llorar;
y no es por caravanas
ni asuetos prolongados,
ni por algún beso de amanita,
de esos que se cuelan donde hieren.

Hay, amor, cosas que no comprendo
y me hacen sentir llorar.
La vida por veces
me arruga el latido,
y también las ganas
de seguirla oliendo.

Amor, no te largués así nomás;
hay muchos que se marchan
y nos dejan escuchando música de muertos,
viendo fotos de muertos,
teniendo añoranzas y recuerdos de muertos.

Ay mis muertos, se la pasaron sufriendo,
se cayeron y fracturaron en tantos agujeros.

Hay, mis muertos, muchas penas
que me persuaden a llorar.

Ahora estamos que nos disolvemos
entre malformaciones horrendas.

Por ratos nos quemamos
con sangres similares,
similares las de nosotros todos.

De esas sangres que disparan
hacia el rostro de la fragancia.


Hoy, digamos, me siento cansado
y un poco inerme al roció de sangre
 que silba el odio y la indiferencia;
que se va caminando en avenidas
de algunos falsos formidables,
y que va socavando los caminos
de tantos hímenes pétalos endebles. 

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